LA ANTIGÜEDAD EN LA VEGA DE MURCIA. UNA HISTORIA DE IBEROS, ROMANOS Y VISIGODOS.
Los Iberos Numerosos estudios revelan, hacia el I Milenio AdC, un fuerte poblamiento ibero en las faldas de la Cresta del Gallo, esto es, el conjunto de las faldas de la cadena montañosa que transcurre desde Los Garres hasta La Alberca, un espacio del que los arqueólogos han rescatando numerosos artefactos arqueológicos. Se sabe que en sus inmediaciones hubo un enclave, un pequeño poblado ibero; un poblado que podía tener todos los elementos necesarios para su existencia: desde un abundante abastecimiento de aguas surgidas de manantiales próximos hasta una zona de enterramientos funerarios pasando por hitos para el culto religioso. Así, muy cerca de donde ahora se encuentra el Santuario de la Fuensanta, existe constancia arqueológica de un pequeño templo dedicado a una diosa local. En sus cercanías se localizaron figuritas humanas (exvotos) de metal, que eran como ofrendas para pedir salud, agradecer alguna curación o algún motivo de gracia.

Roma contra Cartago Mientras aquellos hacían su vida, romanos y cartagineses se disputaban el poder del mediterráneo occidental. Pese a la importante presencia y actividad de los iberos, se tiende a otorgar casi todo el protagonismo histórico de la Región a Cartagena (Qart-Hadast). Y es que Cartagena fue fundada por los cartaginenses con el objeto de tener el control del sudeste de la Península Ibérica hasta que le fue arrebatada por los romanos tras la Segunda Guerra Púnica. Los nuevos amos –quienes denominaron a la ciudad Cartago Nova– desarrollaron desde allí una labor de romanización que se prolongó hasta después de la era cristiana; un amplio territorio de la región de Murcia fue llamada entonces “Conventus Carthaginiensis” y posteriormente “Carthago Spartaria”. Hacia finales de la República Romana (Siglo I AdC) –mientras César derrotaba a los hijos de Pompeyo en Munda, cerca de Córdoba– el territorio murciano se encontraba en proceso de latinización. Algunos restos arqueológicos hallados en las inmediaciones de Alcantarilla y Monteagudo indican que el llano que se extendía hasta el río Thader, como denominaban los romanos al Segura, pudo estar fuertemente roturado y cultivado para atender a las necesidades alimentarias de las gentes de las montañas; con lo que pequeñas granjas o villas (villae) pudieron salpicar nuestra llanura. Hace no mucho se descubrió en la cueva de La Camareta, en Hellín, la siguiente inscripción latina del siglo V: "Murtiae esulae in de nomen dni memo fuit mei etocil dixit" -En Murcia esula, en donde el nombre del Señor se acordó de mí, lo dijo Etocil-; esto significaría que un sujeto llamado Etocil tuvo una experiencia mística en un lugar llamado Murcia, lo que hipotéticamente da idea de lo que pudo haber en la antigüedad en solar de la actual ciudad. No obstante, si hubo algo, no debió ser muy importante ya que en el itinerario de Antonino, una especie de guía de carreteras importantes del Imperio, o en los mapas de un geógrafo Ptolomeo -por señalar algunas de las más importantes obras geográficas- no figuraba Murcia ni ningún sitio con otra denominación en sus alrededores.
 El Imperio tardío y la irrupción del Cristianismo A lo largo de todo el siglo III y IV, el Imperio Romano fue transformándose. La sociedad fue lentamente cambiando de manera que los habitantes del Imperio que conocieron el reinado del emperador Constantino (S. III) poco se parecían a los de Octavio Augusto (S. I). Por un complicado proceso socioeconómico, que algunos historiadores han llegado a denominar como feudalismo prematuro o protofeudalismo, las gentes del Imperio fueron abandonando lentamente las ciudades para desplazarse al campo donde engrosaron las filas de siervos de los dueños de las villas y grandes granjas romanas, surgiendo, de esta manera, los precedentes de las formas de relación feudales que alcanzaron un alto grado de desarrollo a la llegada de los visigodos. Da la impresión, a causa de los restos arqueológicos que se localizan en toda la falda de la Sierra de Carrascoy que debió haber una cada vez más fuerte presencia humana en el sector. Se defiende la hipótesis de que hubo una pequeña ciudad en época tardorromana cerca de Verdolay llamada Eio, emplazamiento de importancia capital para entender el surgimiento de Murcia en la historia por los musulmanes. El periodo de transformación del Imperio Romano vino acompañado de movimientos de gentes del Norte y Este de Europa, que, buscando la calidez de la franja climática mediterránea, pasaron o se asentaron en la Península. De tal manera que los vándalos se dejaron sentir por la Región: tras saquear Carthago, y con toda probabilidad todas las pequeñas localidades del territorio, cruzaron el Estrecho de Gibraltar. Esto ocurrió entorno al año 424 DdC. Entonces, el proceso de abandono de las ciudades, acentuado por los saqueos de bárbaros y grupos bandoleros marginados (bagaudas), empequeñeció Cartagena, Auriola (Orihuela), Eliocroca (Lorca), Begastri (Cehegín), Mola (Mula) y Eio entre otras que sobrevivieron a causa de su utilidad como sedes episcopales. Y es que por estas fechas tuvo, por otra parte, un desarrollo importante el cristianismo. En los años cuarenta se excavó a las afueras de Algezares una basílica paleocristiana con una de las pocas pilas bautismales de la época que se conocen en la Península lo que ha dado pie a pensar que el cristianismo entró a Hispania a través de Cartagena. Además se sabe de una necrópolis con enterramientos basados en el rito cristiano en las cercanías de La Alberca.

La irrupción de los visigodos Los godos llegaron a la Península Ibérica años después de los vándalos (hacia el 508 DdC). Al principio se establecieron en el centro, en las mesetas castellanas. Cuando hubieron tomado posesión de toda Hispania, los bizantinos arribaron al sur so pretexto de socorrer a un aspirante al trono de los godos, Athanagildo. El emperador Justiniano se proponía invadir la Península para integrarla al Imperio Romano de Oriente. Crearon la provincia de “Spania” cuya capital era Cartagena; establecieron un sistema fiscal duro del que hasta el propio San Leandro se quejaba en cartas a su hermana Santa Florentina; y, levantaron una red de fortalezas –construyeron un pequeño castillo en Monteagudo, y otro cerca de Los Garres–. Como era de esperar, los godos no tardaron en reaccionar organizando una frontera militar –una marca militar– con la que atacar al enemigo. La lucha fue larga hasta que en el 621 Sisebuto expulsó a los bizantinos de Cartagena dejando la ciudad reducida a cenizas. Tras pacificar el territorio, los godos aprovecharon la organización de la provincia de Auriola –como se denominaba a causa de su capital, la antigua Orihuela– para mantener un espacio geográfico amplio –provincias de Murcia, Alicante y sur de Albacete– unificado bajo un noble visigodo que defendiera las costas y al Reino de los godos de Toledo de cualquier otra aspiración bizantina. Esta organización fue aliciente para intensificar el proceso feudal de señores y campesinos ya iniciado desde el Imperio; una organización en la que las ciudades eran residencia de los primeros mientras que los segundos estaban fuertemente ligados a la tierra. Así es como encontraron los musulmanes a la zona cuando llegaron en el 713.

La entrada en la Edad Media: la invasión árabe El penúltimo noble visigodo de la provincia de Auriola, Teodomiro, pactó con el jefe de los musulmanes, Abd al-Aziz ibn Musa dos años después de la derrota de Rodrigo en Guadalete (año 711). Al principio no alteró las cosas ya que el tratado que subscribieron los dos daba gran autonomía a los hispanogodos de la Marca lo que causó, se cree, un moderado asentamiento de musulmanes hasta que hacia el 774 Abd al-Rahman I destituyó a Athanagildo, sucesor de Teodomiro, rescindiendo las cláusulas del pacto. Desde poco tiempo antes, se había intensificado el asentamiento de musulmanes de diferentes facciones y tribus –árabes, beréberes, sirios y, sobre todo, egipcios–. Estas diferentes gentes, junto con los hispanogodos, crearon una dinámica social bastante compleja para los historiadores: mientras pervivían elementos del feudalismo hispanogodo –asimilados por los musulmanes para servir al nuevo poder político de la Península–, nuevas formas antropológicas se hacían cada vez más fuertes en el marasmo de crisis social que vivía Hispania hasta su invasión lo que motivó un paralelismo espacial entre dos formas de vida diametralmente opuestas.

MURCIA EN LA ALTA EDAD MEDIA. DE UNA PROVINCIA DEL EMIRATO DE CÓRDOBA A CAPITAL DE AL-ANDALUS.
La formación de la Murcia Musulmana La provincia formada por los árabes –la kura de Tudmir– fue el primitivo reino de Murcia. Kura significa en árabe “provincia” o “territorio”, y Tudmir era la denominación que los árabes le dieron a Teodomiro. Como fue el que pactó y fue reconocido como señor del territorio, durante los primeros años de dominación musulmana, por accidente lingüístico, así denominaron al territorio y a su capital Orihuela –antes Auriola–. Hacia el 800, durante el reinado del emir al-Hakam, los enfrentamientos en la provincia entre las diferentes facciones musulmanas asentadas desde la invasión del 711 llegaron a su punto álgido. Ese clima de violencia, unido al terrible caos social producido por la invasión y la progresiva desaparición de la aristocracia hispanogoda, con la consiguiente vaivén de los cristianos hispanogodos estalló en un enfrentamiento en toda la región de Tudmir. En torno al año 825 de la era cristiana, año 210 del calendario musulmán, la situación se hizo insostenible. Un día, según dice una leyenda, un campesino de la facción mudarí estaba tomando agua del río Sangonera y para tapar su cántaro arrancó una hoja de parra de los viñedos de un yemení que había cerca. No apreciando el último su idea, se enzarzaron en una pelea que acabó en tragedia. De esta anecdótica manera narran los historiadores árabes el inicio de una pequeña guerra local extendida al resto de la kura. La respuesta de Córdoba no se hizo esperar y con un ejercito pacificó la zona. Luego, para evitar nuevos enfrentamientos, el emir Abd al-Rahman II ordenó la destrucción del que era, al parecer, foco de las querellas: la ciudad de Eio; a la vez decretó al gobernador Abd al-Malik b. Labib la fundación de un emplazamiento que sirviera para controlar desde un punto central la vega media del Segura, lugar de los enfrentamientos, y, por extensión, toda la kura: nacía, de ese modo, Murcia. Dada esa historia, algunos historiadores creen que en el actual partido de Algezares se ubicaba la ciudad de Eio habiendo otra corriente de opinión que propugna otras localizaciones mucho más alejadas de Murcia, concretamente en las cercanías de Hellín. Con todo, Murcia fue fundada con el objeto de pacificar la zona. Se fundó un campamento militar de gran envergadura, de nombre inicial Misr al-Tudmir (el campamento de Tudmir, en referencia a la provincia) el 25 de Junio del 825 restableciendo el orden en la zona a costa de una matanza de sediciosos.
 De la Murcia del califato a las taifas Con el tiempo, ese campamento –Misr al-Tudmir– creció y se convirtió en ciudad (Madinat Mursiya) gracias al emir Muhammad I, que propició una política de construcción de mezquitas aljamas en las principales plazas de al-Andalus realzando, por lo tanto, la categoría de Murcia. Con el tiempo, la ciudad fue rápidamente consolidándose hasta alcanzar, en tiempos de la primera taifa, ambos brazos del río. Con el fin del califato (1031), en Córdoba fue proclamada una república pero las aristocracias dirigentes de las diferentes provincias, atentas a sus propios intereses y con la ayuda de los terratenientes locales proclamaron la independencia de cada una de ellas. Como los demás, la kura de Tudmir se convirtió en una taifa independiente, a cuya cabeza se instaló una poderosa familia local, los banu Tahir, que llevaron sus riendas intermitentemente hasta la invasión de los almorávides (hacia el 1090). La presencia de los almorávides, los mismos que luchaban por entonces contra el Cid en Valencia, significó una etapa de poca importancia para Murcia, que quedó reducida a una provincia de aquel imperio africano.
 El rey Lobo Pero el yugo almorávide duró poco. En el 1147, el gobernador de Valencia Abd Allah Muhammad b. Saad b. Mardanish expulsó a los almorávides aprovechando una revuelta e inició el periodo más brillante de la historia de Murcia. El conocido como rey lobo acabó siendo casi el señor de todo al-Andalus; pactó con los cristianos del Norte e incluso firmó tratados comerciales con las repúblicas italianas. Probablemente fue el responsable de las murallas que ahora afloran por la ciudad y de numerosas fortificaciones que rodean la huerta como las del Puerto de la Cadena y el conjunto fortificado de Monteagudo (Castillejo, Larache y el propio castillo). Tal fue el poderío que alcanzó que Murcia se convirtió en la capital de al-Andalus integrando una gran cantidad de población. Algunas estimaciones indican que, entonces, la ciudad era tan populosa (28.000 habitantes) que desbordó su perímetro y absorbió a un pequeño caserío al otro lado del río siendo, por ello, el antecedente del barrio del Carmen, su nombre: al-Harilla. Fue tal el recuerdo de este rey que un siglo más tarde un Papa le recordó como “el rey Lope, de gloriosa memoria”.
 Los almohades y el último reino musulmán En el año 1174, los hijos de Ibn Mardanish, muerto a causa de un infarto en el 1172, debieron capitular ante los almohades, otro imperio norteafricano que había invadido al-Andalus. Madinat Mursiya debió esperar hasta que Abd Allah Muhammad b. Yusuf b. Hud al-Mutawakkil convirtiera a Murcia otra vez en un reino independiente; su muerte en 1238 no fue óbice para que sus sucesores mantuvieran la línea de resistencia frente a otros aspirantes al reino. Sin embargo la presión de los reinos cristianos, y sobre todo de Castilla, fue tanta que un sucesor de al-Mutawakkil, Muhammad b. Hud Baha al-Dawla entregó el reino en vasallaje al infante don Alfonso en Mayo de 1243. De la misma manera que Murcia dio importantes reyes, también generó ilustres personajes como Muhammad b. Arabí, el más prestigioso murciano de la Edad Media. Nació en torno al 1165 y desde 1200 ya ejercía su actividad teológica, filosófica y poética lejos de Murcia. Murió en Damasco en 1240, donde está enterrado y se le considera en la actualidad como uno de los pensadores más influyentes del Islam. Con la conquista de Murcia desaparecieron también la mayor parte de sus habitantes a causa de la fuerte presión castellana. La dificultad para adaptarse a la nueva realidad política junto con otras cuestiones prácticas hicieron que muchos musulmanes murcianos emigraran a Granada o al norte de África.
MURCIA EN LA BAJA EDAD MEDIA. ESTAMPAS DEL CONCEJO DE LA CIUDAD DE MURCIA.
Alfonso X el Sabio y la Reconquista Puede decirse, en verdad, que la historia de Murcia empieza en esta época si se plantea desde una óptica antropológica. Pese al vasallaje del 1243, los mudéjares –los habitantes moros en territorio castellano– se sublevaron contra Alfonso X en 1264. Tal fue la magnitud de la revuelta que este rey debió pedir auxilio a su suegro Jaime I de Aragón, que entró en Murcia en 1266 donde ahora se encuentra la placa que conmemora tal suceso en Sta. Eulalia. Tras la Reconquista de Murcia se decidió una política de cristianización intensiva que propició la citada desaparición de los musulmanes, si bien es cierto que algunos de ellos sobrevivieron en la morería que había en el barrio de San Nicolás; la morería oficial de Murcia. Don Alfonso, además, procedió a las reparticiones la huerta y el campo de Murcia con lo que favoreció el asentamiento de toda una porción de castellanos y aragoneses que fueron fundamento de los que ahora habitan la ciudad. Podría decirse que hasta 1300 e incluso después, la ciudad y el reino no terminaron de normalizarse pues el territorio debió soportar las presiones de los reyes aragoneses que anhelaban Murcia para su corona (invasión de Jaime II en 1296-1302); y por si eso no fuera poco, la crisis que sacudió a Europa en el siglo XIV caracterizada por una gran peste afectó a Murcia, lo que sumado a la problemática causada por el abandono de técnicas de cultivo por los musulmanes exiliados y al hecho de ser frontera contra Granada, sumió al reino de Murcia en una gran depresión que casi la dejó despoblada. El hecho de que casi todos los musulmanes emigraran cuestiona el legado musulmán que siempre se ha defendido; en verdad, la presencia de los cristianos en Murcia supuso el abandono del refinamiento de aquellos: abandono de las alcantarillas, degradación de las viviendas, desuso de tierras de cultivo y, casi, el abandono del importante sistema de regadíos. Puede, por lo tanto, calificarse como una ruptura total con el pasado.
 Las bases de la sociedad murciana Consecuencia de la citada ruptura, la ciudad debió de articular toda una trama administrativa que cubriera todas las vicisitudes de la vida civil castellana; esta administración, cuyas funciones estaban sólo al alcance de la alta y baja nobleza, rigió la ciudad durante la Baja Edad Media. Estos fueron los antecedentes de las familias de poder hasta el siglo XX. La Corona, además, articuló medidas para mantener bajo una cierta disciplina de constante guerra al reino, de ahí la aparición de los Adelantados, que eran una especie de gobernadores generales del territorio. De ellos, quizá el más popular fuera el mal llamado infante don Juan Manuel –que no era infante pues no era hijo de rey sino nieto de Fernando III y sobrino de Alfonso X–. Otro de los principales actores de la historia medieval de Murcia fue la Iglesia: como Alfonso X restauró la diócesis de Cartagena, al principio se acordó ubicar su sede en la ciudad portuaria, pero a causa de las amenazas que venían del mar –piratas norteafricanos, corsarios, etc.– se decidió instaurar la catedral en Murcia. Consecuencia de ello es que el Cabildo se tornó muy influyente en la ciudad actuando con voz propia en numerosos asuntos de la vida urbana, como un agente feudal más de la sociedad. Nobleza y jerarquía eclesiástica, junto con los burgueses más poderosos de la ciudad, formaban parte de la elite gobernante de la ciudad y participaban, directa o indirectamente, de las decisiones políticas y económicas. El concejo de Murcia se reunía generalmente cada miércoles en la plaza de Santa Catalina; allí se localizaba también una pequeña torre con reloj para marcar las horas en la huerta. Santa Catalina era, por entonces, el centro de la ciudad medieval. La ciudad urbanizada no superaba lo que hoy es la línea que marca la avenida Teniente General Gutiérrez Mellado y Jaime I; a ambos flancos estaba rodeada por el Río Segura. Por entonces, la ciudad no superaba los 8.000 habitantes. La propia idiosincrasia del reino, fronterizo, hacía que hubiese continuas correrías de los granadinos apostados en Vera y Huercal-Overa, ocasionando una gran cantidad de cautivos murcianos, que eran continuamente intercambiados por cautivos granadinos. Esto llegó a convertirse en un lucrativo negocio para ciertos intermediarios. De los mercaderes más comunes que se apostaron en el reino y concretamente en la ciudad de Murcia, fueron los genoveses los que tan buen trato tuvieron con los castellanos; su presencia avivó la economía de Murcia durante el siglo XV. De ésta, de la economía de Murcia en la Baja Edad Media, se sabe que la seda cobró gran importancia y fue causa, junto con otros productos, de esa presencia italiana en la ciudad. Se cree que como el barrio de los artesanos, los mercaderes estaban agrupados en un lugar concreto de la ciudad. Y es que la agrupación de oficios había respetado la tradicional organización musulmana a fin de concentrar la industria contaminante en la periferia oeste de la ciudad (barrios de San Andrés y San Antolín), de modo que con el paso del tiempo algunas calles tomaron el nombre de los oficios.
MURCIA EN LA EDAD MODERNA. CUANDO EN MURCIA TAMPOCO SE PONÍA EL SOL.
El brillante precedente del Imperio: los Reyes Católicos Antes de que saliera el sol en el Imperio, los Reyes Católicos pusieron las bases de la historia de los reinos de la Península Ibérica para los siguientes siglos. Su reinado fue muy representativo para Murcia. Puede decirse que con ellos acabó la Edad Media para empezar otra etapa histórica que los historiadores han denominado Edad Moderna; la brillante época del Imperio Español. La situación de inestabilidad de los últimos años de la Edad Media de Castilla había propiciado continuos enfrentamientos entre diversas facciones nobiliarias y el rey Enrique IV. Sus sucesores –los Reyes Católicos– supieron ponerles coto promulgando una serie de medidas que consolidaran al Estado de cara a los nuevos tiempos. De entre estas medidas se acordó la expulsión de los judíos y mudéjares de Castilla con el objeto de establecer una unidad, aunque fuera religiosa, de todos los reinos; esta medida se aplicó también en Murcia quedando registradas llamativas anécdotas que han reflejado el angustioso panorama de la expulsión como el caso de una excavación arqueológica cerca de la plaza Yesqueros; allí se localizó una vivienda cuyo pozo demostró que aquella vivienda había pertenecido a una familia morisca gracias a una orza repleta de monedas de oro escondida en una pared falsa de la pared del pozo: sus moradores prefirieron esconderlas con la esperanza de regresar alguna vez para recuperarlas ya que el decreto de expulsión no permitía que llevaran nada de valor con ellos. Este hallazgo, uno de los más significativos de las continuas excavaciones que se realizan en la ciudad de Murcia, mostró monedas de oro, todas anteriores a 1492, de Italia –Pisa, Génova, etc.–, Castilla, Aragón y Granada. Aunque las fuentes escritas indican que muchos se convirtieron y regresaron, aquellos de Yesqueros jamás volvieron a Murcia.
 Mientras se llevaba a cabo la política de unificación religiosa de los reinos de la Península, la guerra contra Granada –iniciada desde 1481–, alcanzó su fin con la rendición del sultán Boabdil en 1492. Murcia había sido frontera de los nazaríes y arrastraba seculares problemas heredados de esta situación como que su población e incipiente industria habían sido continuamente amenazadas. Con el sometimiento de Granada, Murcia dejó de ser frontera lo que generó una serie de acontecimientos muy curiosos como el abandono de las murallas que protegían a la ciudad; éstas fueron aprovechadas como paredes o cimientos de nuevas edificaciones, de ahí que se hayan conservado tan perfectos tramos como el de Verónicas que era pared del convento. La Murcia Imperial La Murcia del Imperio heredó aspectos del pasado medieval como la influencia de las grandes familias en la política local y la problemática del agua como generador de las relaciones sociales de dependencia entre los diferentes estamentos de la sociedad. La rebelión comunera de 1520–1521 fue uno de los ejemplos en el que las familias patricias de Murcia se hallaban enfrentaban entre ellas, hecho cotidiano durante todo el siglo XVI y XVII. Por aquel entonces, un viajero francés, Jouvain, llegaba a escribir de Murcia en el siglo XVII: “Murcia es el mejor país de España por la cantidad de frutas y de vinos que abundan de tal modo que con justicia es llamado ese pequeño reino el jardín de España (...) aquella [en referencia a Murcia capital] en que está el ayuntamiento es grande, tiene la vista sobre el río, lo que hace que por la noche sirva de paseo y de punto de reunión de los burgueses de la ciudad, y en otra próxima está la iglesia episcopal adornada con una torre”.Este crecimiento se manifestó en obras públicas de la época: el empedrado de algunas calles en la centuria del 500, el encauzamiento del río a su paso por la Puerta de Orihuela –localizada en la intersección de la calle Mariano Vergara y Obispo Frutos– y la Condomina; encauzamiento que consistió en un recorte del meandro en 1648 a causa de los problemas que originaban las repetidas inundaciones.
 A la vez, mientras la ciudad y su huerta crecían en ocasiones surgieron pequeñas crisis que ralentizaban el desarrollo del reino habiendo, durante el siglo XVI, dos focos de peste (1524 y 1558–1559) que, incluso, obligaron al Concejo a evacuar la ciudad. Estas puntuales catástrofes han quedado fielmente reflejadas en las Actas Capitulares del Ayuntamiento de la ciudad a la vez que en los libros parroquiales que surgieron por esta época. La aparición de los libros de parroquia surgió por decisión del célebre Concilio de Trento en el que –además de condenar la reforma de Lutero y emprender el camino de la Contrarreforma– se acordó hacer registros en toda la Cristiandad de todas aquellas personas que pasaran por los principales sacramentos de la Iglesia: bautismo y defunción fundamentalmente. De ahí que se conozca la población de la ciudad de Murcia en, por ejemplo, 1586 que fue de 13.500 habitantes (censados 2.996 vecinos, siendo un vecino aquél cabeza de familia que moraba y pagaba sus impuestos en la ciudad). Gracias a estas fuentes de información, los historiadores ha logrado revelar que por entonces había una mortalidad infantil muy elevada. Se sabe, también, que existía el divorcio y que, pese a no estar muy bien visto, era empleado por algunos matrimonios malavenidos, mientras la Inquisición vigilaba este tipo de actuaciones desde su palacio ubicado en el actual Colegio de Arquitectos de Murcia. Por aquel entonces, surgió otra de las fuentes de información de la época cuyos datos se refieren a importantes sucesos del pasado y ese presente de Murcia: los Discursos Históricos de la Real y Muy Leal Ciudad de Murcia, texto del Licenciado Francisco de Cascales publicado en 1621 y que recogía la historia del reino de Murcia. La crisis del siglo XVII Durante el siglo XVII el sol se fue poniendo. El reino de Murcia sufrió un periodo de crisis generalizada que llegó hasta el 1680. Fueron unos años muy duros; sobre todo los comprendidos entre los años 1647 y 1653 que resultaron catastróficos en todos los sentidos. El inicio remoto de la crisis de la época puede datarse de 1614 cuando reinando Felipe III se expulsó a los moriscos. Se sabe que habían censados en el Valle de Ricote unos 13.500 moriscos. Aunque en la actualidad se sabe que no se fueron todos, lo cierto es que esta expulsión incidió en la agricultura pues había sido coto de trabajo de los moriscos; igualmente la seda fue una de las actividades afectadas y durante todo el siglo entró en una dinámica de baja producción a causa de la deficitaria mano de obra. Ello no fue óbice para que se edificara el Contraste de la Seda, emblemática construcción situada en la plaza de Santa Catalina hasta los años treinta. Los censos que se conservan de la época se refieren a 23.352 vecinos en Murcia (unos 93.500 habitantes). Hacia 1648 llegó a Murcia, pese a las medidas de seguridad adoptadas para prevenirla, la peste de Valencia, una peste que obligó al Concejo a abandonar la ciudad y fue causa una elevada mortandad en todas las ciudades afectadas. Para colmo de males, en 1651 se produjo la riada de San Calixto, que asoló toda la ciudad con virulencia solo comparada a la de Santa Teresa de 1879. Sus efectos fueron tan destructivos que acabó con los puentes de la ciudad y movió al Concejo a proyectar un nuevo puente más resistente; también, ese año, una gran plaga de langosta asoló la huerta y el campo de Murcia.

EL GLORIOSO BARROCO MURCIANO (EL SIGLO XVIII)
Una época de cambios Puede decirse que el siglo XVII fue grave no solo para Murcia sino para el resto de Europa. Muchos historiadores coinciden en señalar que en ese siglo hubo una alteración climática significativa caracterizada por un descenso global de las temperaturas. Se ha llegado a decir del siglo XVII que fue un periodo de crisis generalizada en todo el planeta materializada en unos acontecimientos muy particulares: el agotamiento de las minas peruanas, el derrocamiento de las dinastía Ming en China, la guerra de los treinta años en Europa... etc. La Guerra de Sucesión Paradójicamente las fuentes escritas más directas como los libros de diezmos de la Iglesia indican que el último tercio del siglo XVII fue de recuperación tanto para las personas como para las cosechas. Sin embargo esta situación de superación de los males no se correspondió con el panorama político ya que con el fin del siglo se producía el fin de la dinastía de los Austrias. En efecto, con la muerte de Carlos II dos pretendientes trataron de recoger su herencia: Felipe de Anjou y Carlos de Habsburgo. Este conflicto fue especialmente virulento en el reino de Murcia a causa de la enconada defensa que de los derechos del primero realizó el obispo Luis Belluga Moncada. Éste fue instituido obispo en 1705 y virrey en 1706 contribuyendo a organizar la provincia para la causa borbónica. Pese a la conquista de Alicante y Cartagena por los partidarios del pretendiente austriaco, Murcia resistió derrotando a un ejercito del archiduque Carlos en la célebre batalla del Huerto de las Bombas (4 de septiembre de 1706). Tras la victoria borbónica en Almansa, el rey Felipe V concedió a la ciudad de Murcia, en sincero agradecimiento, junto con un león portador de una flor de lis y la leyenda “priscasnovissime exaltat et amor”, la séptima corona en el escudo de la ciudad que le había sido tan leal. Las otras seis coronas fueron logradas a cargo de Alfonso X (cinco) y el desdichado Pedro I (una).
 El reformismo borbónico Tras la guerra, la Murcia del siglo XVIII emprendió un camino de crecimiento basado en la aplicación del reformismo borbónico. Esto pudo ser así porque la centuria del 700 correspondió a la era de la Ilustración. Y como tal, las elites gobernantes, promovidas por los propios Borbones –Felipe V, Fernando VI y Carlos III– se hicieron eco de esta concepción universal; su materialización en Murcia fue rápida: La reforma y consolidación del Malecón; política de arbolado con la creación de alamedas, organización de una red de alcantarillado –el primero desde época islámica quinientos años antes, en 1243–; etc. En parte gracias a estas iniciativas, la ciudad aumentó de la población lo que obligó al Concejo a permitir la ocupación de la otra ribera del río: entonces se acabó el Puente de los Peligros (1742) y se proyectó, en 1758, la Plaza de Camachos iniciándose las obras en esa fecha hasta 1766. Su primera función fue la de servir como plaza de toros ya que la antigua, ubicada en la Plaza de las Agustinas, se había quedado pequeña. De ahí que la citada plaza conserve la planta cuadrada pese a que en un principio se idease elíptica. El siglo XVIII fue una época de clara recuperación de todo el reino de Murcia pese a existir alguna calamidad aislada. Las mentalidades habían variado adaptándose a las nuevas concepciones ideológicas que en Europa iban a desembocar en la Revolución Francesa. No obstante, en España las estructuras de la sociedad, fuertemente ligadas a linajes y grupos de poder como la nobleza y el clero aún persistían en su ideal de sociedad fuertemente verticalizada sin posibilidad de evolución social pese a los esfuerzos reales de dinamizar el ascenso social para aquellos individuos merecedores de tal distinción. Ejemplo de esta situación fueron las dificultades impuestas por la Inquisición contra dos murcianos, Melchor de Macanaz y José Moñino en su celo por frenar sus propuestas reformadoras. Otro ilustre murciano sometido al escrutinio de aquella institución fue el médico Diego Mateo de Zapata, célebre tratadista que compaginó fe y ciencia con el patronazgo de la iglesia de San Nicolás de Bari de la ciudad.
 El glorioso barroco murciano Pero los siglos XVII y XVIII fueron, verdaderamente, los siglos del Barroco, del Barroco murciano, del Barroco llevado de la mano de la Iglesia. Una excelencia artística nacida de la apuesta Contrarreformista del Concilio de Trento. Así, en Murcia, los excedentes procedentes de las rentas de los territorios de la Iglesia –como los producidos por las fundaciones de Belluga, esto es, las desecaciones y repoblaciones de la desembocadura del Segura– permitió la reconstrucción de las viejas iglesias góticas y su transformación en iglesias barrocas, la fabricación de la magnífica fachada de la Catedral o, por un complejo efecto rebote socioeconómico, la realización de las célebres imágenes pasionales de Francisco Salzillo. 
EL SIGLO XIX, EL SIGLO AGITADO.
Los vientos de la Revolución A finales del siglo XVIII se produjeron dos de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad: las revoluciones americana y francesa. A partir de esa fecha la historia del planeta y, concretamente, de Europa quedarían íntimamente ligadas a sus consecuencias ideológicas y sociales. Consecuencias que se tradujeron en una toma de conciencia de amplios grupos humanos de las posibilidades que le ofrecían las ideas liberales y su defensa. El comienzo del siglo fue bastante malo para la Región en general. De hecho puede considerarse al XIX como un siglo muy difícil para toda España. La rotura del pantano de Puentes en Lorca (1802) fue el catastrófico prólogo a la Guerra de la Independencia que se inició seis años después. Una guerra que se tradujo en tres fases significativas para la Murcia: una inicial de éxito (1808), otra de invasión y saqueo (1809), y una final de derrota y retirada francesas (1812). Esta guerra, además de propiciar el continuo saqueo del campo y la huerta de Murcia conoció breves momentos de actividad bélica en la propia ciudad tal como la batalla de la calle de San Nicolás en la que fue muerto su defensor, el general Martín De la Carrera, por las tropas del mariscal Soult; otra de las actividades más comunes en la contienda fue la partida de Jaime Alfonso “el Barbudo” quien tras la guerra continuó su actividad hasta caer en manos de la justicia que lo ejecutó despedazándolo en la plaza de Santo Domingo el 5 de julio de 1824.
El nacimiento de las Dos Españas: Fernando VII e Isabel II Con el fin de la guerra en 1812, comenzó otro conflicto tan importante como el anterior: la pugna entre liberales y absolutistas, partidarios del estado burgués y partidarios del Antiguo Régimen. Esta pugna vino, además, acompañada de un periodo de progresiva modernización, en ocasiones a cargo de las clases dirigentes, de los pueblos y gentes de Europa, que en mayor o menor medida se tradujeron en una paulatina evolución de aspectos cotidianos. El hecho es que hacia 1834, la ciudad había mejorado en ciertos aspectos urbanísticos pese a arrastrar arcaísmos tales como pozos negros –fundamento de las epidemias de cólera en aquel año–. Además, la burguesía comprendió la necesidad de realzar la calidad de su marco vital y emprendió su mejora potenciando y adaptando ciertos elementos que se hacían patentes en la ciudad moderna; de tal manera dio su aparición el alumbrado, aunque al principio fue de aceite; se normalizó la figura del sereno y los horarios nocturnos; se crearon los cuerpos de bomberos y guardia municipal; se controló el abastecimiento de agua de calidad; se veló por la calidad del pan servido a las clases populares como medidas de garantizar el orden y prevenir motivos que condujeran al levantamiento social. Las desamortizaciones –Madoz, Mendizábal– permitieron la aparición de plazas como la de Santa Isabel, donde antes estaba ubicado el convento de las Isabelas. Puede decirse que la calidad de vida en Murcia capital mejoró sensiblemente con referencia al siglo pasado; mejora que podía verse reflejado en los gastos municipales de 1864 que ascendían a 1.249.944 pesetas.
 La serie de cambios solo vino a reforzar más todavía el papel de la burguesía mientras las antiguas familias (Saorín, Puxmarín, Riquelme, Zarandona, Fontes, Rocafull, Molina, Zamora...) intentaron maniobrar para sobrevivir en un marasmo social en el que la burguesía absorbía crecientemente sus antiguos linajes. Con el siglo XIX se consolidaron nuevas familias de una burguesía anteriormente subsidiaria de la nobleza local de los siglos XVII y XVIII en vías de extinción. Este nuevo planteamiento de las estructuras de poder en la ciudad y, por extensión, en la Región fue decisivo en la reordenación territorial del reino de Murcia por Javier de Burgos en 1833 en el que los limites territoriales de la Región de Murcia aparecían definidos tal y como hoy se aprecia en Murcia y Albacete quedando algunos solares nobiliarios fuera de la nueva entidad administrativa murciana. La continuidad de conflictos en toda la Península durante el siglo cristalizó a partir de 1833 y 1834 en la I Guerra Carlista y durante los siguientes treinta años en una sucesión de pronunciamientos militares de diversa tendencia. Este estado de cosas incidió duramente en la población civil que, junto a los obstáculos de índole social antes descritos, agravó la distancia de España con el eventual despegue europeo, de ahí el secular atraso español. De ahí, también, que ciertos segmentos sociales acomodados y conscientes de la necesidad de este progreso social se batieran en las filas del liberalismo y el republicanismo con la esperanza que una radical transformación de las estructuras de poder influyera en el Estado. Por ejemplo, la ciudad intentó combatir los habituales males seculares tales como la baja escolaridad (en 1846, el analfabetismo era del 87%) creando una universidad en 1840 donde se impartía matemáticas, filosofía, latín, botánica, y leyes entre otras; universidad que fue clausurada al año siguiente de su nacimiento al suponerse amenaza o centro irradiador de programas políticos liberales. La I República y el Cantón En 1868 estalló la revolución, la Gloriosa, que acabó con el reinado de Isabel II. Tras el breve reinado de Amadeo de Saboya y su huida por Cartagena, se proclamó la I República. Tal fue el furor democrático que en 1869 se instituyó el sufragio universal en toda España. Sin embargo la República nació con grandes problemas internos, uno de ellos tuvo su raíz en la región de Murcia: el cantonalismo, uno de cuyos exponentes fue el murciano –de Torreagüera– Antonio Galvez Arce “Antonete Galvez”. Éste desde septiembre de 1869 comenzó su actividad. La escasa importancia de Murcia en esta etapa histórica tiene su explicación a causa de la creciente industrialización de Cartagena, entonces auténtico foco histórico de la Región. Cartagena y su término sostuvieron un importante desarrollo desde el siglo XVIII a consecuencia del auge de la minería; auge que se prolongó hasta el siglo XIX en que la ciudad portuaria comenzó a englobar pequeñas industrias de transformación o manufactura del material minero. Ello repercutió en su estructura humana vinculada cada vez más a esta industria floreciendo una importante masa obrera que se hizo eco, precoz, de ideas renovadoras. El decisivo protagonismo del incipiente proletariado cartagenero hizo desplazar el epicentro de los acontecimientos de la Región allá. De hecho, no fue hasta 1873 cuando se acabó con el Cantón de Cartagena, el más radical y duradero de cuantos se proclamaron en la Península Ibérica. 
EL SIGLO XX EN MURCIA.
La Restauración El pronunciamiento del General Pavía en 1876 acabó con la I República ya que con su movimiento se restauraba la monarquía en la figura del hijo de Isabel II, Alfonso XII. Con esta restauración se inició un periodo de paz y crecimiento sacudido por crisis intermitentes de profundo calado social y político.
 El final del siglo XIX significó un giro importante en el sistema de relaciones sociales. Se consolidó la mentalidad burguesa en la que su hábitat natural, la ciudad, superaba bagajes arcaizantes para ser marco de un estilo de vida del tipo semi-industrial: aparecieron casinos, ateneos, teatros. La ciudad progresó técnicamente al recibir un impulso el pequeño comerciante, los abastos modernos. Surgieron nuevos espacios dedicados al recreo que generaron en cafés-tertulias. De éstos los más conocidos fueron el de la Puerta del Sol y el Oriental, ambos en el Arenal (Glorieta y Plaza de Martínez Tornel); hicieron su aparición, además, las primeras tascas y tabernas –tradición que se ha perpetuado hasta hoy– en la calle de la Merced y zona de Sta. Eulalia. Elementos todos ellos que empezarían a ser recogidos por las máquinas fotográficas de finales de siglo.
 Por su parte, la Murcia que conoció los primeros años del siglo XX curiosamente se acerca en ciertos aspectos a las características de la prosperidad del liberalismo propias de nuestra época: clases medias que se enfocaban hacia el funcionariado y trabajos de “cuello blanco”, mientras una importante masa obrera se hallaba dedicada al comercio, industria y al campo y se ubicaba en los barrios de la ciudad: San Antolín, San Juan y El Carmen. Un renqueante atraso social, apreciable, por ejemplo, en materia educativa en cuanto al número de escuelas en la ciudad, once, fue combatido desde el propio Estado, que, sin embargo, se hallaba lastrado por un sistema insuficientemente democrático hoy intitulado como “Sistema Canovista” –de Cánovas del Castillo, artífice de la Restauración–. Y aunque desde 1890 se instituyó el sufragio universal, el problema residía en que pese al progreso social y económico alfonsino ciertos caciques locales se resistían a ceder el control de aspectos de la vida cotidiana. Situación sumamente explosiva contra la que intentaron luchar o apaciguar murcianos de la talla de Martínez Tornel, Vicente Medina, Díaz Cassou, etc. desde las columnas de los periódicos “El Liberal”, “La Verdad”, “El Diario de Murcia”, etc. La Crisis de la Restauración: II República y Guerra Civil Los años anteriores a la II República –el reinado de Alfonso XIII– fueron de un continuado crecimiento económico basado principalmente en la estabilidad política y la neutralidad ante cualquier conflicto internacional. Esos años, sin embargo, lastraron un déficit sociopolítico lo que unido al gobierno de Miguel Primo de Rivera se convirtió en un caldo de cultivo para los sucesos de abril de 1931. De hecho esta II República acusó la enorme efervescencia social y una cada vez más intensa polarización de la sociedad que desembocó en la ascensión al poder del general Francisco Franco tras una guerra civil. Acabada la guerra en 1939 y mientras el mundo vivía los convulsos años de la guerra y la posguerra, los sucesivos gobiernos franquista pusieron en marcha numerosas medidas de índole social y económico destinada a acrecentar y consolidar a una clase media que previnieran nuevos vaivenes revolucionarios –sindicalismo vertical, industrialización, mejora del nivel de vida de un alto porcentaje de la población, educación universal, etc.–. Tanto los años veinte como las siguientes décadas vieron unos cambios en el paisaje murciano. La consolidación de la burguesía se materializó, como venía haciéndose, en una mejora de la calidad de las viviendas, de los servicios, del comercio menor, etc. Esta indiscutible mejora se hizo patente cuando se observan las edificaciones de la época: el inmortal Puente de Hierro (1901), el Hotel Victoria, el vistoso edificio de la Plaza de Belluga, el palacete Díaz Cassou de la calle Santa Teresa, el edificio Celdrán de la Plaza de Santo Domingo, etc. Pero, además, este desarrollo afectó a la configuración de la ciudad vieja a causa de la progresiva desaparición de palacetes y edificios emblemáticos –Palacio Riquelme, Contraste de la Seda, etc.– que fueron sustituidos por otras edificaciones. A esto se debe añadir las violentas destrucciones por elementos exaltados en el fragor de la Guerra Civil: así fue destruida la iglesia de San Antolín; el claustro de los Hermanos Maristas, actual Facultad de Derecho, reducido a cenizas, etc. La postguerra contempló la reparación y reacondicionamiento de estos establecimientos mientras reorientaba la función de algunos; así el Palacio Almodóvar dejó de ser Gobierno Civil para trasladarse a la avenida Teniente Flomesta; la Universidad, de escasos veinte años, fue trasladada del Barrio del Carmen a su actual emplazamiento en el Campus de la Merced, etc. El periodo de desarrollismo implicó un crecimiento de la ciudad que se planteó en los primeros planes de ordenación urbana –Cesar Cort, años veinte; plan Blein, modificación del anterior, de 1945–. En todos ellos se veló por la necesidad de descongestionar el centro de la ciudad ante la presencia cada vez mayor del automóvil y la necesidad de comunicar a los sectores de la sociedad. De ahí la idea de abrir nuevas vías de comunicación en el centro de la ciudad tales como la calle de Correos, la avenida Alfonso X el Sabio y la Gran Vía.
 La Murcia democrática: un breve camino y muchas perspectivas Tras treinta y cinco años en el poder, el general Franco murió en 1975 y con él se cerró una etapa de la historia de España. Durante los siguientes años se trabajó incansablemente en construir un edificio democrático en que tuvieran cabida todos los españoles, y así, desde 1977, con la aprobación en referéndum de la Constitución y la formación de los gobiernos autonómicos el reino de España, y con él Murcia, pasó a constituirse en una sólida democracia ampliamente participativa y social. Esta última etapa política ha visto como la transformación material de la ciudad –en el marco de la etapa de crecimiento y prosperidad sin igual– ha replanteado la funcionalidad de ciertos espacios produciéndose una ruptura con respecto al pasado. La ciudad de Murcia del siglo XXI ya es muy diferente a la de cien años atrás habiéndose superado ciertos males ancestrales tales como el riesgo de inundaciones. La Murcia del siglo XXI es una ciudad con un elevado crecimiento demográfico, una ciudad que, obviamente, aún posee deficiencias sociales o económicas pero que se hallan atenuadas por un sólido estado del bienestar. Murcia es una ciudad, que, en definitiva, se enfrenta a un nuevo plan de ordenación urbana que sentará las bases de la ciudad durante las próximas décadas.
 La Murcia actual, la Murcia del siglo XXI es heredera de todo este pasado acontecer. Las calles, los monumentos, los edificios, el río... todos son parte indeleble de la ciudad de Murcia. Y aunque el paso del tiempo no ha perdonado la ciudad conserva en el corazón de sus habitantes el mejor testimonio de su historia. En pleno siglo XXI la ciudad de Murcia, séptima de España en volumen poblacional, continúa cultivando su historia y sus tradiciones ya no sólo en fechas significativas como la Semana Santa; el Corpus o cuando celebramos la romería a la Fuensanta, día a día Murcia se abre y está abierta a quien quiere conocernos.
|